domingo, 20 de febrero de 2011

Las dos caras de la ciclopista en la Magdalena Contreras

Convertir la ruta del antiguo ferrocarril de Cuernavaca fue una gran idea. Por las mañanas, convivimos en ella corredores, ciclistas, caminantes con sus perros y peatones que han encontrado en ella un andador seguro y cómodo para llegar a su trabajo o a la escuela –en especial soy fan de salir antes de la entrada de los niños de primaria a la escuela, y ver cómo se van encontrando unos a otros en el camino. Al menos en mi zona, mientras haya luz natural, la ciclopista es un caso exitoso de recuperación del espacio público, pasó de ser una zona intransitable (por un buen número de años aunque el tren ya no circulaba las vías permanecieron ahí, oxidándose y en muchos casos, fueron robadas para utilizarse en construcción), contaminada e insegura; a una vía de comunicación útil, agradable y que crea un sentimiento de comunidad. Las personas que pasamos por ahí cotidianamente, nos conocemos y nos saludamos cuando nos vemos. Sin embargo, en cuanto oscurece la ciclopista deja ver su otra personalidad –o tal vez sea reminiscencia de su pasado- y se convierte en un camino inseguro por el que es imposible transitar gracias a la falta de iluminación de muchas secciones. Al menos en la zona en la que vivo, la ciclopista no tiene alumbrado público; son los vecinos los que de manera indirecta alumbran con las luces de sus entradas, casas y jardines algunas cuadras; mientras que otras, las que tuvieron la mala suerte de colindar con las bardas de los condominios horizontales o con lotes baldíos, se encuentran totalmente a obscuras, lo que inhabilita toda la ruta. Una inversión en alumbrado público sería una medida sencilla con gran impacto.

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